| Más sobre el pentecostalismo |
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Más sobre el pentecostalismo Obreros obstinados Hay sólo una curación o sanidad divina que es real y verdadera como lo son todas las cosas de Dios. Esto sí son milagros del poder y de la gracia de Dios, y no son curaciones mentirosas ejecutadas por hombres oficiosamente y, a veces, con mentirosa vanidad y pretensión. Dios nos cura individualmente en respuesta a la oración de fe, y conforme a su santa voluntad. Y en todo caso es para gloria de Dios como en Juan 11:4: “Oyéndolo Jesús, dijo: Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Jamás para gloria de hombres y mujeres mentirosos que andan al trote con la botellita de aceite engañando a los incautos y muchas veces haciendo comercio para ganancia personal y deshonesta. Dios nos oye si pedimos a él: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1 Jn. 5:14, 15); y positivamente sabemos que no es la voluntad de Dios sanar a todos los santos que sufren. Muchos eminentes siervos del Señor sufrieron largas enfermedades y no sanaron y murieron en la fe. Pablo, Lutero, Moody y el mismo A. B. Simpson que decía a cada momento: «Cristo es mi sanador», sufrió por un año de una terrible enfermedad y murió y no fue sanado. Y murió en la fe de los hijos de Dios. Así el Señor reprende a los que se empeñan en enseñar como doctrina suya ideas humanas torcidas y extravagantes. Si Cristo hubiera dicho (y jamás lo dijo): «Yo les doy sanidad eterna también, y por lo tanto jamás podrán enfermarse», entonces podríamos con justicia enseñar que la sanidad estaba en la expiación de la cruz. Pero puesto que tal no fue el caso, enseñar esa doctrina espúrea es añadir a la Palabra con malicia y con maldad. Pablo era santo, nacido de nuevo, salvado, regenerado, consagrado, santificado, escogido de Dios, y sin embargo estuvo enfermo y Dios lo sostuvo con su gracia, pero no le quitó su aguijón en la carne: “Ciertamente no me conviene gloriarme; pero vendré a las visiones y a las revelaciones del Señor. Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco al tal hombre (si en el cuerpo, o fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe), que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar. De tal hombre me gloriaré; pero de mí mismo en nada me gloriaré, sino en mis debilidades. Sin embargo, si quisiera gloriarme, no sería insensato, porque diría la verdad; pero lo dejo, para que nadie piense de mí más de lo que en mí ve, u oye de mí. Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”(2 Co. 12:1-10). ¿Podrá decir alguno de los sanadores modernos que Pablo no tuvo bastante fe para ser sano? Y el mismo Pablo no curó a Trófimo, antes lo dejó enfermo en Mileto: “Erasto se quedó en Corinto, y a Trófimo dejé en Mileto enfermo” (2 Ti. 4:20). Su consiervo, el fiel Epafrodito, se vio por largo tiempo en estado de suma gravedad según se lee en Filipenses 2:27: “Pues en verdad estuvo enfermo, a punto de morir; pero Dios tuvo misericordia de él, y no solamente de él, sino también de mí, para que yo no tuviese tristeza sobre tristeza”; y a Timoteo le recomienda que deje el agua y que tome jugo de uvas, por causa de su estómago y de sus continuas enfermedades: “Ya no bebas agua, sino usa de un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades”(1 Ti. 5:23). Y estos profetas de nuevo cuño, engañadores que pervierten con malicia los caminos del Señor, publican hojas llamativas y dicen: «El pastor Olazo, quien ha llevado a cabo maravillosas curaciones de toda clase de enfermos va a comenzar aquí su campaña. Traigan a los enfermos desahuciados de la ciencia». Él murió, pero dejó la semilla del engaño en Nueva York y han surgido muchas iglesias con la misma bandería de la sanidad y de los milagros. En Brooklyn, uno de estos hermanos anunció: «¿Quieres ser sano? Ven a la sanidad divina y al poder pentecostés. Trae a los enfermos». No vacilamos en decir con sincera pena que es un mentidero, un modus vivendi, un engañador del diablo. Y no oyen si les hablamos, ni escudriñan la Biblia, ni piensan con cordura, sino se enojan y arremeten a gritos y sombrerazos. Dios tenga misericordia de ellos y los bendiga. Y si alguno insiste en ser ignorante, sea ignorante: “Mas el que ignora, ignore” (1 Co. 14:38). No queremos ofender a nadie ni molestar a ninguno. Dios sabe que no hay otro deseo, sino el de ayudar a los desviados a ver con claridad la enseñanza de Dios en cuanto a la sanidad, y cómo debe entenderse y procurarse sin la intervención de embaucadores oficiosos que siembran el error. El asunto de los milagros En 1978 ocurrió un incidente en North Manchester, Indiana, a pocos kilómetros de nuestra casa en South Bend, que se reportó en los periódicos de todo el país. Una joven madre de apellido Gilmore tuvo un niño tras quince meses de gestación. El padre, David Gilmore, era estudiante de tiempo parcial en el Seminario Teológico de Grace y la familia asistía a una iglesia “fundamentalista”, según el boletín de prensa. Cuando Dustin Graham Gilmore se puso enfermo, sus padres lo llevaron a la iglesia y el “pastor” oró por él. Las enseñanzas de la iglesia en cuestión se basan en la idea que la fe por sí sola cura cualquier enfermedad, y que el consultar un médico demuestra una deplorable falta de fe en Dios. Durante varias semanas la familia oró fervientemente por su hijo, mientras la temperatura de éste subía, quedaba sordo, quedaba ciego, y finalmente moría el 15 de mayo de un caso de meningitis que habría sido muy fácil de curar. El padre decidió hacer esto del conocimiento público, ya que sabía personalmente de otros doce niños que habían muerto en circunstancias similares. Este relato es sólo uno de varios que se han dado a conocer públicamente en los años recientes, que tratan sobre las llamadas “iglesias de la fe” (iglesias donde se realizan “milagros”). Además ha habido una proliferación de entusiasmo por las curaciones a través de la fe, de todos los colores y sabores. Los programas televisados que proclaman curaciones por la fe han brotado como hongos, con toda clase de técnicas, procedimientos y fórmulas. Yo, que he insistido siempre en que podemos creer en Dios inteligentemente, tengo que preocuparme por tales fraudes. Los escépticos se apresuran a citar casos como el de Gilmore para sugerir la falsedad de la religión y exponer hasta qué grado puede ser destructiva. La fe de mucha gente se tambalea o desaparece cuando Dios no da la solución a un problema, la cual considera esta gente como bien merecida por ser promesa bíblica. El propósito del presente artículo es señalar algunos aspectos lógicos de este tema, los cuales debe tomar en cuenta cualquiera que lo analice. Su propósito no es insinuar que no existan los milagros o que Dios sea incapaz de curar la enfermedad de alguien; es más bien un intento por explicar cómo y por qué pasan algunas cosas. Como primer punto, diremos que los charlatanes de la fe tienen toda la ventaja. Cuando un médico fracasa en su intento por curar a un paciente, la culpa muy a menudo recae en el médico. Un paciente, o sus familiares, pueden demandar al médico si pueden probar que éste actuó con negligencia o ineptitud. En contraste, cuando un charlatán de la fe falla, es la culpa del paciente: no tuvo suficiente fe para ser curado. Los charlatanes de la fe pueden incluso escoger a quién dar el tratamiento y bajo qué condiciones. Un médico no se puede dar esos lujos. En segundo lugar, los poderes de recuperación del cuerpo humano son por sí solos un milagro. Cuando un médico atiende un hueso roto, lo único que hace es alinear los dos extremos del hueso; el cuerpo es el que en realidad efectúa la curación llevando calcio a la fractura para que el hueso se suelde. Cuando un cirujano hace una incisión, lo que hace después es cerrar y coser los tejidos, y sabe que el cuerpo se encargará de realizar la curación con tejidos nuevos. Dios diseñó una habilidad curativa milagrosa en el cuerpo humano que facilita hechos asombrosos. Han dicho los escépticos de la profesión médica que el 90% de nuestros “achaques” desaparecerían si simplemente los olvidáramos o los ignoráramos. Seguramente se puede aplicar un porcentaje similar a los que acuden a los charlatanes milagreros, siendo que muchas de sus enfermedades son de las que el cuerpo puede curar por sí solo, o que son de naturaleza psicosomática. La increíble sabiduría evidente en el cuerpo humano demuestra la intervención divina en su diseño. Tal obra no es producto del azar, sino de la “artesanía” milagrosa de Dios. En tercer lugar, la mente es una poderosa realizadora de milagros. La palabra «psicosomático» se deriva de dos palabras griegas, psyque (mente) y soma (cuerpo). El asunto básico es que la mente mantiene un poderoso efecto sobre el cuerpo. Esto se demuestra constantemente con el uso de placebos, o pastillas innocuas que se hacen pasar al paciente como medicina. En una reciente investigación sobre pacientes con cáncer incurable, se observó que el 50% reportó mejoría tras habérsele aplicado inyecciones que se hicieron pasar por morfina. La morfina sólo es efectiva en dos terceras partes de los pacientes a los que se les inyecte. Durante un falso embarazo, la mujer cree tan vehementemente estar embarazada que el flujo de hormonas aumenta, los pechos se agrandan, cesa la menstruación, y hasta pueden ocurrir contracciones de parto. Se ha demostrado que el 20% de los pacientes sometidos a hipnosis pueden ser operados sin anestesia. La brujería, las maldiciones y hechizos, y toda la variedad de prácticas curanderas en las culturas primitivas tienen su explicación en los poderes de sugestión de la mente humana. La curación inducida mentalmente puede tomar muchas formas, incluyendo la curación religiosa. Esto no quiere decir que tal curación no sea real o significante. Significa, sin embargo, que no se trata de poderes sobrenaturales por parte del ministro-curandero. Como cuarta consideración, existe una diferencia increíble entre lo que está sucediendo en el área de las curaciones hoy en día y lo que sucedió en el tiempo de Jesucristo. En primer término, todo el ambiente de las curaciones hoy es diferente. Cuando Jesús curaba a alguien, la recomendación casi siempre era: “...no lo digas a nadie...” (Mt. 8:4, 9:30; Mr. 5:43; 7:24-36). Él clasificó a los que buscaban señales milagrosas como “...generación mala y adúltera...”(Mt. 12:39). Hoy en día vemos a los que dicen hacer milagros en escenarios teatrales rodeados de todo un espectáculo. También vemos que se toman muchos cuidados en el control ambiental en el que ocurre el milagro. George Bernard Shaw consideró el santuario milagroso de Lourdes como un engaño, ya que había en exhibición muletas, sillas de ruedas y refuerzos dorsales; pero ninguna pierna postiza, ningún ojo de vidrio y ningún tupe. Las investigaciones realizadas por científicos y médicos sobre los “obradores de milagros”, no han podido dar credibilidad a ningún testimonio de curaciones en forma consistente y demostrable. Como quinta observación, tenemos que en la medicina sí ocurren fenómenos inexplicables y desconocidos. El Dr. Lewis Thomas, del Centro de Cancerología Memorial Sloan-Kettering comenta sobre cientos de casos de pacientes de cáncer en los cuales han ocurrido curaciones permanentes sin tratamiento y sin causa conocida. No hace mucho tiempo que un niño quedó sumergido durante veinte minutos bajo las heladas aguas del lago Michigan. Aunque no recibió ningún tratamiento inmediatamente después del rescate, aparentemente el niño se está recuperando por completo. Hay muchos sucesos similares que parecen milagrosos y que se explican tarde o temprano por medio de investigaciones. En sexto lugar, los aspectos espirituales de nuestra existencia no pueden separarse de nuestro bienestar físico. ¿Por qué habían de efectuarse los milagros? El punto de vista de que Dios concede milagros a sus seguidores presupone que los súper cristianos no morirían jamás, y que los cristianos “normales” vivirían más y estarían más libres de enfermedades que los ateos; también tiende a catalogar a Dios como un nepotista (uno que muestra desmedida preferencia hacia sus parientes para las concesiones o empleos) que concede la curación a unos y se la niega a otros. Jesucristo se interesó más en la condición espiritual de la gente que en sus problemas físicos. Sus enseñanzas giraban sobre los aspectos espirituales del hombre, y sus milagros generalmente se orientaban al bienestar espiritual de los recipientes. La alimentación de los 5.000, la curación del invidente (Jn. 9) y los exorcismos promovieron el crecimiento espiritual. Muchas veces un impedimento físico es más ayuda que obstáculo para determinado fin. El apóstol Pablo tenía un problema del que dijo haber pedido se le librase en tres distintas ocasiones, y se le había negado la petición: “Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo” (2 Co. 12:7-9). Siempre que nuestras dudas sean contestadas desde un punto de vista físico, materialista y egoísta, tendremos confusión. Tanto los escépticos como los obradores de milagros demuestran tal tendencia. Si la forma de tratar tales cuestiones es la de reconocer que nuestra relación con Dios es la clave, y que nuestro bienestar espiritual es mucho más importante que nuestro bienestar físico, podremos hasta cierto punto entender y aceptar la vida como es. El milagro del amor de Dios es tal, que todos lo podemos ver y experimentar, y trasciende cualquier problema de la carne: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”(Jn. 3:16). El don de sanidades El don de sanidades es otro de los dones que algunos grupos modernos profesan haber recuperado. Si lo hubiesen recuperado de veras, no tendrían dificultad alguna en convencer al mundo de ese hecho; como sucedió en Jerusalén, cuando Pedro y Juan emplearon el nombre de Jesús para sanar al hombre cojo que yacía a la puerta del templo la Hermosa. Aun los enemigos de ellos se convencieron de la realidad del milagro, “diciendo: ¿Qué haremos con estos hombres? Porque de cierto, señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar” (Hch. 4:16). Sin duda, estos grupos pueden presentar “testimonios” de personas que creen haber sido sanadas milagrosamente por los métodos de ellos; pero esto mismo pueden hacer los espiritistas, la llamada Ciencia Cristiana, y aún la Iglesia Católica (con su famosa gruta de Lourdes). ¿Qué nos enseña la Santa Escritura con respecto a este don? Todos sabemos que nuestro Señor, en todo su ministerio terrenal, acompañaba su enseñanza con milagros de sanidad: “Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt. 9:35); y al enviar a sus discípulos en su misión a Israel, les delegó los mismos poderes: “Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia” (Mt. 10:1). Y lo primero que debemos observar en relación con este ministerio es que ellos sanaban a todos los enfermos, sin jamás rechazar a nadie por motivo alguno, ni tampoco fracasar en el intento de sanar: “Y aun de las ciudades vecinas muchos venían a Jerusalén, trayendo enfermos y atormentados de espíritus inmundos; y todos eran sanados” (Hch. 5:16). No hubo casos de parcial mejoría ni de repetidos ensayos para obtener mejor resultado. Los milagros fueron inmediatos, completos y permanentes, porque eran divinos. Al igual que el don de lenguas, el don de sanidades era señal para los inconversos, y con el evidente intento de acreditar el mensaje que los apóstoles predicaban. Los milagros de nuestro Señor servían para ilustrar lo que él podía hacer en la esfera espiritual, pues los hombres son cojos, ciegos, leprosos y muertos en el sentido espiritual. Y dicho sea de paso, que los que pretenden poseer los dones apostólicos deberían mostrarnos que poseen el poder para resucitar a los muertos: “Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia” (Mt. 10:8). Hemos sabido de “campañas de sanidad” (cosa que los apóstoles nunca practicaron) y de los supuestos resultados (resultados que han sido investigados por hombres sinceros y competentes para juzgar), y tales resultados sólo han servido para comprobar la naturaleza ficticia de las llamadas sanidades. Es evidente que en las mentes de muchas personas hay ideas erróneas y confusas con respecto a todo este asunto, por el hecho de no haber prestado la debida atención a lo que la Santa Escritura enseña. En Hebreos 2:3, 4 leemos que la salvación tan grande que fue anunciada primeramente por el Señor, ha sido confirmada hasta nosotros por los que oyeron (esto es, los apóstoles), “testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad” (v. 4). Es evidente de esto, que el objeto de las señales, prodigios y milagros fue el de apoyar el testimonio de los apóstoles. El autor de Hebreos no apela a milagros más recientes, sino a aquellos que acompañaron el ministerio de los apóstoles, como cosa característica de ese ministerio. Los apóstoles no tuvieron sucesores a quienes pudiesen delegar su autoridad o poderes milagrosos, y el Espíritu Santo no siguió obrando de la misma manera a través de otros hombres. Esto también fue “según su voluntad”. El evangelio y el ministerio de los apóstoles habían sido ya debidamente acreditados, y no era necesario seguir haciéndolo. El registro de todas estas cosas permanece para nosotros en las Escrituras del Nuevo Testamento; y con el canon de las Escrituras ya completado, no necesitamos otra autoridad ni apoyo. Observemos también que el don de sanidades nunca fue una provisión para que los cristianos mejorasen de sus enfermedades. Leemos, por ejemplo, que Pablo dejó a Trófimo, su compañero de viajes, enfermo en Mileto: “Erasto se quedó en Corinto, y a Trófimo dejé en Mileto enfermo” (2 Ti. 4:20); a Timoteo le aconsejó que tomase un poco de vino en lugar de agua, por causa de sus muchas enfermedades: “Ya no bebas agua, sino usa de un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades” (1 Ti. 5:23); y Epafrodito estuvo también gravemente enfermo, y mejoró no porque Pablo le sanase, sino porque “...Dios tuvo misericordia de él...”(Fil. 2:25-30). La diferencia es que los creyentes están en la mano de Dios, y él les corrige y disciplina mediante la enfermedad y otras experiencias. Y los sana cuándo y cómo lo estima conveniente. La provisión para los cristianos es otra. La enseñanza de la epístola a los Romanos es que en el tiempo presente “...toda la creación gime a una... y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo”(Ro. 8:22, 23). Pero Dios puede tener a bien librarnos de alguna enfermedad, y esto lo hace muchas veces por medio de las oraciones de nuestros hermanos. Así se nos exhorta: “...Orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho” (Stg. 5:16). Esta es la enseñanza general, y también hay instrucciones especiales para el caso de una enfermedad ocasionada por algún pecado tolerado en la vida del creyente. Si el enfermo reconoce que su enfermedad es una medida disciplinaria de parte del Señor, llamará a los ancianos de la iglesia y orarán por él: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados” (Stg. 5:14, 15). Pero esta práctica nada tiene en común con el don de sanidades, pues no se supone que los ancianos de las iglesias posean este don. Es “la oración de fe”que salva al enfermo. En conclusión, diremos que en las Escrituras es evidente que todo el énfasis en el evangelio está puesto en el asunto espiritual, el asunto del alma y su salvación. Los milagros físicos eran cosa enteramente secundaria. En la predicación del evangelio, los apóstoles anunciaban la remisión de pecados, la salvación, la vida eterna, la justificación por medio de la fe. Ni una vez mencionaron la sanidad del cuerpo como cosa prometida juntamente con las bendiciones espirituales. Nada sabían ellos de un “evangelio cuádruple” (cuadrangular). Lo muy grave de todo este asunto es que se está asociando el bendito evangelio y el nombre glorioso del Señor Jesucristo con milagros ficticios y engañosos, con el resultante desprestigio para el mensaje de salvación y el testimonio del pueblo de Dios. Es característica de los postreros días que “...los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados”(2 Ti. 3:13). Y los peores engaños son los que se practican en nombre de Dios: “Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; sólo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio. Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida; inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos” (2 Ts. 2:7-10). |


